El caso de las camisetas Adidas de la selección mexicana, y los bordados mexicanos
El caso de las camisetas de la selección mexicana para el Mundial 2026, desarrolladas por Adidas con la incorporación de bordados artesanales de comunidades indígenas, abrió un debate amplio sobre los límites entre colaboración cultural, apropiación cultural y explotación simbólica en la moda global.
En este caso, la polémica no surgió únicamente por la presencia de técnicas artesanales en un producto comercial, sino por las denuncias y cuestionamientos públicos en torno a la forma en que se estructuró la colaboración. Entre las principales críticas se señalaron:
- pagos bajos a las artesanas en relación con el precio final del producto,
- la existencia de intermediarios que gestionan la producción sin total transparencia sobre el reparto del valor,
- y la percepción de que el trabajo artesanal funcionaba como un elemento de alto valor simbólico dentro del marketing del producto, sin que ese incremento de valor se reflejara proporcionalmente en las comunidades que lo realizan.
También se puso en discusión el grado de control real que tienen las artesanas en el proceso: desde la fijación de precios, la capacidad de negociación directa con la marca final, y decisiones en todo el proceso creativo y productivo.
En este sentido, la controversia no se limita al salario, sino a la estructura completa de la cadena de valor y a la distribución del poder dentro de ella.
Apropiación cultural, circulación de conocimiento y poder estructural
El debate sobre la apropiación cultural en la moda no puede resolverse con respuestas simples. No se trata únicamente de si una técnica se utiliza fuera de su lugar de origen, sino de cómo se produce la circulación del conocimiento, quién tiene acceso a su valorización económica y qué formas de reconocimiento existen hacia las comunidades que lo han desarrollado y sostenido en el tiempo.
El caso de las camisetas de México ilustra estas tensiones contemporáneas. La incorporación de bordados artesanales en un producto de moda global muestra tanto el potencial de visibilización de técnicas textiles como las desigualdades estructurales que pueden persistir en la cadena de valor. Más allá de los debates sobre precios o intermediación, lo que se pone en cuestión es la arquitectura del sistema: quién diseña, quién produce, quién narra y quién captura el valor final de lo cultural.
De la colaboración a la circulación cultural
En este contexto, la distinción entre apropiación, colaboración y circulación cultural no es sólo semántica, sino estructural. Un enfoque ético no implica la exclusión de la cultura del mercado global, sino la construcción de marcos donde el conocimiento textil sea reconocido como territorial, relacional y con múltiples autorías, evitando su reducción a un recurso estético desvinculado de sus contextos de origen.
Condiciones para una colaboración más justa
Trabajar en esta dirección requiere cambios concretos en la forma en que se desarrollan las colaboraciones. Entre ellos se encuentran la transparencia en la cadena de valor y en los márgenes de beneficio, la negociación colectiva con comunidades organizadas, la reducción de intermediarios opacos o su transformación en figuras de mediación con rendición de cuentas, y la participación directa de las creadoras en la toma de decisiones sobre precios, condiciones de producción y uso de su trabajo.
Modelos alternativos en práctica
Existen ya experiencias que apuntan en esta dirección, como cooperativas textiles que negocian directamente con marcas internacionales, modelos de comercio justo con auditorías externas, o plataformas donde las propias comunidades gestionan su producción y su acceso al mercado global.
Aunque imperfectos, estos enfoques muestran que es posible construir relaciones más equilibradas cuando existe acceso real a la información, poder de negociación y reconocimiento de la autoría colectiva.
En resumen…
Pensar la moda desde esta perspectiva no significa renunciar a la creación contemporánea conjunta, sino asumir que toda incorporación de elementos culturales implica responsabilidades materiales, simbólicas y económicas. La pregunta no es si la cultura debe formar parte del diseño global, sino bajo qué condiciones esa participación puede ser justa, transparente y sostenida en el tiempo.
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