A lo largo de mi estudios en la Universidad, y también desde la experiencia acumulada con los años, he vuelto en varias ocasiones sobre los conceptos de producción y reproducción. Releyendo a Encarnación Aguilar Criado en su análisis sobre los mantones, me resultó especialmente sugerente su punto de partida: el trabajo de las mujeres. A partir de ahí, propongo una reflexión critica que articule estos conceptos dentro del ámbito artístico y cultural, particularmente en relación con los textiles.
Podemos pensar la organización de la vida social a partir de acciones, y de los espacios que dichas acciones ocupan. Esta distribución implica también una asignación diferenciada de funciones y una determinada valoración social de quienes las desempeñan. Tradicionalmente, estas funciones se han dividido en productivas y reproductivas.
La producción ha sido históricamente asociada a los hombres y vinculada a la esfera pública: la obtención de bienes, el trabajo remunerado, la participación en el mercado. Por su parte, la reproducción, entendida no sólo como reproducción biológica, sino como el conjunto de actividades necesarias para sostener la vida (cuidados, alimentación, socialización), ha recaído mayoritariamente sobre las mujeres, situándose en el espacio doméstico.
Sin embargo, esta separación entre producción y reproducción no es natural, sino una construcción social. Como han señalado autoras feministas, no existe producción sin reproducción. No se trata únicamente de la reproducción de la vida humana en términos biológicos, sino de la reproducción de la fuerza de trabajo y del propio sistema social. En palabras de Silvia Federici, el trabajo reproductivo es “la base invisible sobre la que se sostiene toda la economía capitalista” (Federici, 2012).
El problema radica en que esta esfera reproductiva ha sido sistemáticamente desvalorizada. En las sociedades capitalistas, el valor se mide principalmente en términos de valor de cambio, es decir, aquello que puede ser mercantilizado. En consecuencia, el trabajo doméstico y de cuidados ha sido históricamente invisibilizado o considerado improductivo (aunque imprescindible). Esta desvalorización alcanza también a muchas prácticas culturales y artísticas desarrolladas en el ámbito doméstico.
Aquí es donde el textil, y en particular el bordado, adquiere una relevancia especial. “Bordar es cosa de mujeres” no es solo una afirmación cultural, sino el reflejo de una asignación histórica de roles. El bordado a mano, como otras formas de artesanía textil, se inscribe en la pequeña producción doméstica. Su carácter de actividad realizable en el hogar ha permitido su compatibilidad con las tareas reproductivas, solapando ambas esferas.
No obstante, esta compatibilidad ha tenido un coste simbólico: la infravaloración de estas prácticas. A pesar de implicar sistemas técnicos complejos, destrezas especializadas y conocimientos transmitidos intergeneracionalmente, el trabajo textil ha sido frecuentemente considerado menor o meramente decorativo. Como señala Rozsika Parker en su estudio sobre el bordado, este ha sido históricamente “un medio para construir y restringir la feminidad” (Parker, 1984).
Al mismo tiempo, es importante destacar que cuando estas mismas actividades salen del ámbito doméstico y entran en el mercado, ya sea como artesanía, diseño o arte, adquieren valor económico y reconocimiento social. Esto pone en evidencia que no es la naturaleza del trabajo lo que determina su valor, sino el contexto en el que se inscribe.
En mi experiencia viviendo en España y en diversos países de América Latina, esta dinámica sigue siendo visible, aunque con transformaciones significativas. Las mujeres continúan teniendo una presencia destacada en la economía informal, especialmente en sectores vinculados a la producción artesanal. Sin embargo, también emergen nuevas formas de revalorización del textil como práctica artística y como vehículo de identidad cultural.
Desde una perspectiva contemporánea, el estudio de los textiles permite cuestionar las dicotomías tradicionales entre arte y artesanía, producción y reproducción, público y privado. Lejos de ser una práctica marginal, el trabajo textil se revela como un espacio privilegiado para comprender las relaciones entre economía, género y cultura.
Referencias
- Aguilar Criado, Encarnación (2002). Cultura y desarrollo: el patrimonio en el contexto rural andaluz. Sevilla: Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico.
- Federici, Silvia (2012). Revolution at Point Zero: Housework, Reproduction, and Feminist Struggle. Oakland: PM Press.
- Parker, Rozsika (1984). The Subversive Stitch: Embroidery and the Making of the Feminine. London: Routledge.
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